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Escribo por muchos. Hablo demasiado y callo poco. Mi blog es mi voz y mis seguidores mi conciencia.

Remembranzas de mi último viaje


Lo que para mi es cotidiano en Quisqueya, para mi esposo boricua es tan exótico como un Safari lunar. 

En abril del año pasado viajé a la República Dominicana. Esta vez con el equipaje de mano más valioso amarrado a la cintura: Mi propio hijo. Volamos el mismo día de su primer cumpleaños, así que sentía que estaba cumpliendo con algún tipo de promesa. Como los que llegan de rodillas a la Basílica de Higüey o caminando a la iglesia de Porta Coeli en San Germán. Yo llevaba a Raúl Alejandro para presentarlo formalmente ante las playas de arena blanca y a las habichuelas con dulce de Semana Santa.



Hay un sentimiento tan ridículo que me inunda cuando veo la franja azul del Mar Caribe, bordeando la costa mientras el avión desciende. Es una felicidad boba, de quién llega al paraíso. En pocos minutos me escucho diciéndole a mi esposo que mire ese paisaje, que no hay ninguno más bello.
Sí. Cualquiera diría que vivimos en los Alpes Suizos y no que despegamos hace 45 minutos de una isla bastante similar con la que compartimos el mar.

Desde lo alto, el verde oscuro de una vegetación abundante oculta la pobreza que se manifiesta en techos de zinc. Láminas de diferentes colores que se van haciendo más y más visibles, junto a los carros y calles no tan anchas. 

El panorama va dibujando una realidad que en ausencia se me hace ajena, pero en el reencuentro me hago dueña nuevamente.

El amor y orgullo patrio empiezo a perderlo cuando queremos cambiar dólares por pesos dominicanos, y la primera casa de cambio en el aeropuerto tiene el dólar a 38 pesos (cuando bien se que rondaba los 42, en aquel momento) Nos acercamos y pregunto si así amaneció la tasa. Su respuesta, titubeante, no me convence.

Le digo a Raúl que sigamos caminando. Odio llegar a mi país y sentir que en menos de 15 minutos me quieren asaltar. Me pongo a la defensiva y empiezo a escupir mi acento dominicano como si fuera un condón contra la maligna enfermedad cultural de coger al turista de pendejo. 

Efectivamente, menos de 100 pasos al frente vemos una sucursal bancaria con el cambio a 41.
Ahora toca comprar la tarjeta de turista. Me entra la duda de si tengo que comprarla para Raúl Alejandro. El empleado me contesta súper amable y con una sonrisa:
"nada ma' SE SALVA el que nació aquí o tiene residencia"
Su dudosa selección de palabras me hace sentir que mi hijo cayó en una redada. El pobre no se salvó.

En aduana hago silenciar a mi esposo y tomo el control. Mi cara de pocos amigos y mi acento remarcado les indica que de mi no van a recibir ni un kikí.

Me toca un maletero VIP -según sus propias palabras- y juntos atravesamos la puerta de salida hacia la calle. 

Quien ha entrado por el aeropuerto de Santo Domingo debe recordar el ancho pasillo que sale al exterior. Siempre, siempreeee, me ha llamado la atención. Pues es una especie de pasarela. Dominicanos a la izquierda, dominicanos a la derecha, y tú, y los demás recién llegados, arrastrando su maleta por la rampa que desciende. Mil ojos se posan en ti, en tus nalgas, en tu cartera y en tu maleta con rueditas.



A este punto no sabes donde enfocar tu propia mirada. Simulas que buscas a tus familiares pero en realidad estás tratando de pasar desapercibido. Esquivar piropos, taxistas y posibles atracadores. 

El calor de la tarde nos arropa. El cuerpo me pide una Presidente fría, mientras miro las mil estrellitas que dibujan los rayos de sol sobre el plato azul, que es mi mar entre palmeras. 

Una vez me instalo en casa de mis padres y empiezo las agradables vivencias de mis vacaciones, me voy familiarizando más y más con el sistema y lo que al principio me sorprende, en pocos días ya me arrastra en su corriente. La coraza extranjera que se forma en la distancia, se derrite con la exposición. Soy yo de nuevo. Cristina, la dominicana.





Mi esposo se disfruta todo, aunque no entiende cómo puedo tener tanto estrés y actuar con la naturalidad de quien esta acostumbrado a vivir con ese estrés. No resisto que Raul esté con el celular visible y se lo hago saber a cada rato y no me sorprende que un guardia de seguridad en una plaza comercial le agarre los deditos a mi hijo y le haga gracias como si de un sobrino se tratara. No me inmuto. Pero cuando da la espalda baño al niño con "hand sanitizer" (manitas limpias).

Un día mami se lo lleva a un recorrido citadino. Cuando regresan, Raúl está pálido como una hoja de papel. Y qué fue? Le pregunto.
-Íbamos en un carro público y el chofer chocó un ciclista. 
-ajá? Y entonces? vuelvo y pregunto.
El esta sorprendido de la falta de consecuencias. El chofer lo chocó, el ciclista para no caerse realiza una maniobra que incluye posar su culo en el bonete de un carro y los pies y una mano en otro, mientras sostiene la bicicleta con la mano libre. El ciclista siguió su camino, el carro público también y el suceso fue tan insignificante para los demás que no mereció ni un comentario.
Raúl me dijo que se sentía en un mundo paralelo. 

Como extranjero lo que más le asusta es la naturalidad del dominicano ante situaciones que para él son o muy absurdas o muy sorprendentes. 
Siempre recuerda -para vergüenza mía- una vez que lo llevé a la playa de Juan Dolio y mientras disfrutábamos la calidez del agua, un niño como de 11 años, con cara de andar por su cuenta y conocerse el área como la palma de su mano, salió del agua y empezó a brincar en la orilla. 

Su piel morena hacía resaltar el blanco de sus ojotes alarmados:
- SALGAN! SAAAALGAN! Do' mojone', do mojone'!
Raúl, juraba que se trataba de un chiste, pero yo, conocedora de la materia lo agarré por el brazo y lo traje conmigo a tierra firme. 

Desde ese día, siempre que puede, hace el cuento de cómo vio la mierda rodar por la orilla, en un ir y venir constante al vaivén de las olas. 

No se qué hubieran hecho en Puerto Rico, pero en RD no hacemos nada con la caca que aparece flotando a tu lado, como un alga marina que es parte del ecosistema.

Yo tampoco entiendo la causa de su alarma. Qué podemos hacerle al mojón? Un cumpleaños?
Este año Raul mira el calendario repetidas veces con evidente emoción ante un próximo regreso. Creo que le gusta coleccionar historias y como niño chiquito me pregunta:
- Volveremos a Juan Dolio?
Sonrío y pienso:
Qué mojón! (Literalmente!)

2 comentarios:

Anónimo,  16 de abril de 2015, 3:34  

wow te suenas bien arrogante como que si fuera mejores que ellos, que incluso comenzó a hablar como los turistas acerca de cómo podrían robarte o asaltarte, y puerto rico no puede competir con republica dominicana en belleza natural,eso lo saben los turistas que visitan a rd muchos mas que puerto rico.

yennifer

Cristina Maria Marrero Diaz 17 de abril de 2015, 16:38  

Lamento que te llevaras esa impresión. Te invito a leer nuevamente la entrada y los otros artículos del blog para que puedas apreciar lo mucho que amo y defiendo mi país (RD).

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