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Escribo por muchos. Hablo demasiado y callo poco. Mi blog es mi voz y mis seguidores mi conciencia.

El amor y el interés vinieron a PR un día


Nunca conocí a mi abuelo. Sé que murió cuando yo aún no estaba en la “planificación familiar” de mis padres.  De Él, solo he visto una vieja fotografía amarillenta y las historias que contaba mi abuela no eran demasiado halagüeñas. 
(PARA LOS QUE ESTÁN RELEYENDO EL ARTÍCULO… SÍ, TUVE QUE CENSURAR LA ÚLTIMA LÍNEA Y NO POR UN PUERTORRIQUEÑO, PRECISAMENTE ¡Te quiero, papi!)
Además, su ineficiencia como proveedor y cabeza de una familia de cuatro, lo posicionaron como la bestia de la película, en un país y una época en la que si no llevas el pan a tu casa, ninguna entidad gubernamental va a ir a ponerlo en tu mesa. No hay una “tarjeta de la familia”, no existe un “ASUME” y menos la protección superior de una nación poderosa. 
Hoy recuerdo con un sentimiento de tristeza (agravado por la ausencia física de mi fallecida abuela), cuando me contaba que solía acostarse boca abajo- muchas noches- para no escuchar el sonido de sus tripas. Y cómo en las mañanas sobrealimentaba a sus dos hijas para garantizar que, al menos ellas, no soportaran un concierto intestinal.
Una vez muere mi abuelo, estuvo muchos años sola. Pero, cada 31 de diciembre le oraba a Santo Tomás (creo). Le encendía velas, y hacía un extraño e improvisado ritual en el patio; orando arrodillada y a brazos abiertos por “ese hombre bueno que le diera el amor que no recibió de José Díaz” (así se refería al finado esposo, con nombre y apellido junto).
Cuenta la historia, de la que yo sólo guardo vagas pinceladas, que cuando mi familia (dominicana) empezó a emigrar a Puerto Rico, mi tía (hija menor de mi abuela) pudo montar una cafetería en pleno San Juan y allí conoció a un señor guapo, aparentemente serio y enseguida se le ocurrió la brillante idea de “negociarle” un matrimonio a Mamá Lourdes… Por aquello de traerla y hacerle sus papelitos legales “como Dios manda”. Irónico, ¿no?
No sé si por allá, por los años 80, la época era más romántica, la gente más confiada o la suerte y el destino jugaron en  favor de mi familia, pero la realidad es que aquel  señor aceptó el negocio de muy buena gana  y viajó a la República con el fin de empezar los arreglos de la dichosa empresa y conocer a su socia y futura esposa. Ellos aseguran que fue amor a primera vista. A Él le deslumbraron los ojos verdes de Mamá Lourdes, a ella, su pasaporte azul (Y SU SONRISA!!). Se casaron y mi abuela nunca le dio un peso por el favorcito de la unión legal. Vivieron juntos por más de 20 años. Él era un pianista aceptable en las artes musicales, y era un verdadero espectáculo verlos tocar y cantar en noches  de ocio. Su idilio –envidiable- les duró hasta que la muerte le tocó a mamá.  Ella fue muy feliz y yo fui testigo de eso. Dios la escuchó.    
Hoy tengo un abuelo postizo y la tranquilidad de que a los 60 años, mi abuela pudo conocer el verdadero amor.  Como dice el dicho: “Nunca es tarde, si la dicha es buena”. Y eso aplica a todos los abuelitos del mundo.
¡Qué viva el amor!


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